domingo, 20 de diciembre de 2015

IV Domingo de Adviento

Obras Misionales Pontificias España


El último domingo de Adviento nos invita a saborear y anunciar la Navidad. Reflexión misionera para el cuarto domingo de Adviento.
Cuarto domingo de Adviento

A las puertas de Navidad, la Palabra de Dios nos ofrece hoy tres claves paracomprender, saborear y anunciar a otros el misterio que celebramos. Estas claves se llaman: María, la carne y la pequeñez.
1- Ante todo, María, que el evangelista Lucas nos presenta durante la Visitación a su parienta Isabel (Evangelio). En un clima de fe y de intensa alegría, se produce el encuentro entre dos mujeres que han llegado a ser madres gestantes por una especial intervención de Dios: Isabel en su ancianidad, María en su virginidad. Ambas están llenas del Espíritu Santo(v. 41; Lc 1,35), atentas para acoger las señales de su presencia, prontas a alabarlo y a darle gracias por sus obras grandes (v. 42-45.46-48). Estos elementos hacen de la Visitación un misterio de fe, alegría, servicio, anuncio misionero. María, apresurada en el viaje (v. 39), llevando en su vientre a Jesús, es imagen de la Iglesia misionera, que lleva al mundo el anuncio del Salvador.
Dichosa tú, que has creído”, exclama Isabel (v. 45). Esta es la primera bienaventuranza que aparece en los Evangelios. Por la fe María ha concebido en su corazón al Hijo de Dios aun antes de engendrarlo en la carne. Ha creído, es decir, se ha fiado, se ha abandonado a Dios. Las palabras de María: “heme aquí, soy la sierva, hágase...” (v. 38) están en sintonía con el ‘’ de Jesús, el cual, según el autor de la carta a los Hebreos (II lectura), al entrar en el mundo, ha dicho: “aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (v. 7). Este es el único culto que agrada a Dios, el culto de los auténticos adoradores del Padre “en espíritu y verdad”, como el mismo Jesús lo revelará también a la mujer samaritana (Jn 4,23).

2-  Desde hace mucho tiempo  -podemos decir desde siempre-  Dios no se deleita con el perfume del incienso o con el humo de las carnes de animales inmolados en el templo, como repite la carta a los Hebreos (v. 6.8). Él quiere habitar en un templo de carne, en el corazón de las personas, ser el centro de cada pensamiento y de toda aspiración, la razón de cada elección y decisión, la raíz de toda alegría. Solamente llegando a este nivel, se puede hablar de una auténtica conversión del corazón, una conversión que va mucho más allá de unos gestos externos meramente rituales, de prácticas superficiales o de fórmulas abstractas repetidas de memoria. En el Jubileo el Papa nos estimula a hacernos misericordiosos como el Padre, instrumentos de misericordia, sabiendo que se nos juzgará sobre esto. (*)
Jesús es el verdadero adorador del Padre: desde el primer instante de su ingreso en el mundo, no le ofrece animales o incienso (v. 5-6), sino se presenta a sí mismo, en su cuerpo, como ofrenda de amor para santificar a todos (v. 10), sin excluir a nadie, porque Él “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Heb 2,11). Los Padres de la Iglesia en los primeros siglos, con gran sentido teológico y antropológico, solían repetir: “Caro salutis est cardo” (la carne es la base de la salvación). Así ponían en evidencia que Dios ha querido manifestar concretamente su salvación, haciéndola pasar a través de la carne humana del Hijo de Dios, que es hijo de María.

3-   Esta maravillosa obra de salvación se realiza en la pequeñez, por medio de signos pequeños y pobres, de personas y realidades humildes. Un ejemplo bíblico del día es Belén (I lectura), aldea chica, pero cuna de uno que “pastoreará con la fuerza del Señor”, dará tranquilidad y paz a su pueblo, “se mostrará grande hasta los confines de la tierra” (v. 3). Belén es un pueblecito insignificante, pero Dios lo escoge para que allí nazca el que es ‘la más Bella Noticia’ para todos los pueblos. En el origen de este acontecimiento está María; que exulta y canta, consciente de que Dios “ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava” (v. 48).
También hoy en día, Dios realiza sus grandes obras por medio de instrumentos pobres, gestos humildes, situaciones humanamente desesperadas. Y uno se pregunta: entonces ¿quién se salva? Aquellos que, con corazón sincero y bien dispuesto, acogen el misterio de ese Niño, nacido en Belén hace más de 2000 años; aquellos que escuchan su mensaje, se convierten en constructores de paz, portadores de alegría, mensajeros de su misericordia, misioneros que lo anuncian. ¡Como María, como los pastores!


Palabra del Papa Francisco en la apertura del Jubileo de la Misericordia
“Hemos abierto la Puerta Santa… Empieza el tiempo del gran perdón. Es el Jubileo de la Misericordia. Es el momento para redescubrir la presencia de Dios y su ternura de padre. Dios no ama le rigidez. Él es Padre, es tierno. Todo lo hace con ternura de Padre… Delante de la Puerta Santa que vamos a atravesar, se nos pide ser instrumentos de misericordia, sabiendo que se nos juzgará sobre esto… La fe en Cristo lleva a un camino que dura toda la vida: el de ser misericordiosos como el Padre. El gozo de atravesar la Puerta de la Misericordia va junto con el empeño de acoger y atestiguar un amor que va más allá de la justicia, un amor que no conoce fronteras”.

Romeo Ballán



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