Así lo viven los misioneros: Antonio López García-Nieto, desde Vanuatu
- On 15 de julio de 2026

El misionero Antonio López García-Nieto pertenece a los Hermanos del Sagrado Corazón, una congregación con una larga experiencia de misión en Oceanía. Desde la misión católica de Lowanatom, en Vanuatu, escribe para recordar los “Domunds” de su infancia que se entrelazan con su vocación misionera que le ha llevado “tan lejos”.
“Cuando pienso en el Domund, mi memoria me lleva inevitablemente a mi infancia y adolescencia, a aquellos años en los que, sin saberlo, Dios iba preparando poco a poco el camino de mi vocación misionera.
Tengo conciencia de la celebración del Domund desde 1966, precisamente cuarenta años después de la creación de esta Jornada Mundial de las Misiones. Aquel año, mi familia se trasladó a vivir a Madrid y yo ingresé en el Colegio del Sagrado Corazón, de los Hermanos Corazonistas.
Recuerdo con especial cariño la llegada del fin de semana del Domund. Para nosotros era una verdadera fiesta. El hermano que era nuestro tutor entraba en clase llevando unas huchas muy especiales que despertaban nuestra curiosidad y admiración. Tenían forma de cabezas de personas de otros continentes: algunas representaban a personas de raza negra, otras de raza amarilla. Eran, para nosotros, una ventana abierta al mundo y una invitación a descubrir que la Iglesia era mucho más grande que nuestro barrio, nuestra ciudad o nuestro país.
El hermano distribuía aquellas huchas entre los alumnos que nos ofrecíamos voluntarios para salir a postular por las calles. Lo hacíamos con entusiasmo y también con ese espíritu competitivo propio de la edad: todos queríamos ver quién conseguía recaudar más para las misiones. Sin darnos cuenta, aprendíamos una gran lección: que la misión es una tarea de todos y que incluso los niños pueden contribuir a anunciar el Evangelio y a sostener la labor de los misioneros en los lugares más alejados del mundo.
Diez años más tarde, el Domund volvería a cruzarse en mi camino de una manera mucho más decisiva.
Era octubre de 1976. Se cumplían entonces cincuenta años de la fundación del Domund. Yo tenía dieciocho años, era un joven religioso lleno de ilusiones y, como suele decirse, con ganas de comerme el mundo. En aquellos días pasó por nuestra comunidad el superior provincial para pedir un voluntario que quisiera marchar a trabajar a las islas de Oceanía, concretamente a Nueva Caledonia.
Todavía recuerdo con emoción aquel momento. En mi interior resonó espontáneamente la respuesta del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Sentí que el Señor me llamaba a dejar mi tierra para llevar el Evangelio a pueblos lejanos, y no dudé en ofrecerme.
Hoy, casi cincuenta años después, puedo decir que aquella respuesta cambió para siempre mi vida.
Actualmente, con sesenta y ocho años, sigo al pie de la misión, en la isla de Tanna, en el archipiélago de Vanuatu, en pleno corazón de Oceanía. Mirando hacia atrás, me siento profundamente agradecido y privilegiado por haber sido escogido por Dios para anunciar el Evangelio en estas islas lejanas, entre personas que se han convertido en mi familia y en mi pueblo.
A veces pienso que aquellas sencillas huchas del Domund que contemplaba fascinado en mi colegio fueron, sin que yo lo supiera, las primeras semillas de una vocación misionera que el Señor hizo germinar con el paso de los años. Lo que comenzó como el entusiasmo de un niño por ayudar a las misiones terminó convirtiéndose en la entrega de toda una vida al servicio del Evangelio.
Por eso, cada celebración del Domund tiene para mí un significado muy especial. No es solamente una jornada de oración o de solidaridad económica. Es también una ocasión para recordar que Dios sigue llamando hoy a hombres y mujeres, jóvenes y mayores, a salir de sí mismos y a ponerse al servicio de la misión universal de la Iglesia.
Quizá, entre los niños que hoy reciben una hucha del Domund o participan en alguna actividad misionera en sus colegios y parroquias, se encuentre el misionero o la misionera que dentro de unos años responderá también: «Aquí estoy, mándame»”.

















































